Ella tuvo un sueño: Salía del molde de arcilla que la contuvo mientras fue de barro. Quebradiza y frágil. Trastabilló por la vida durante mucho tiempo. Se sintió diminuta como las semillas que, sin saber, guardaba en su útero, vasija fértil. Su llanto las fecundó en silencio. Se gestó a sí misma. Ahora tiene alas. No, no venía de una costilla, provenía de las estrellas. El mito patriarcal se resquebrajaba.
La Diosa reapareció triunfante. Ella y las otras. Las otras y ella. Juntas danzando en el círculo de la feminidad sagrada. No se trataba de competir, sino de brillar con luz propia.
No volvería a los lugares que la constreñían. Avanzaría erguida, sostenida ya por su Verdad. Iría dejando huellas.
Se dirigiría a su propio
Olimpo.

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