Soy
una invitada de honor en la antesala de la Muerte, pero no soy yo la que está
muriendo. Es ella, mi madre, quien está en el umbral. Respira en el borde
mientras yo, observo. Se ha convertido en un espejo de fragilidad. Algunos se han
retirado, pero si se quedaran un poco… serían tocados por el Misterio.
Yo permanezco no porque sea fuerte,
sino porque el guion ya está escrito y he de representar el rol de hija. El
escenario se ha reducido, como su vida, a una habitación. A un confesionario,
sin rejillas ni reclinatorios. Un lugar estrecho que invita a la reflexión, al
recuento de una vida, al balance impostergable sin necesidad de absolución.
Ella
yace en una cama. Ha perdido la voz, la musculatura y hasta el azul de sus ojos.
Vulnerable, quebradiza, reducida y, sin embargo, en esa exigüidad sigue siendo la
mujer que me dio la vida. Ya no es la
que era y, sin embargo, en esa versión mínima reconozco el hilo dorado que nos
une.
Ha
entrado en un nuevo ritmo lento y silencioso. Para ella, el tiempo es corto.
Para nosotros, es largo e incierto. Su agonía es física, la nuestra, emocional.
Duele desprenderse, aunque la muerte es un proceso natural cuando llega el
momento de soltar a un ser amado, caer en los confines del Duelo es inevitable.
La
Orfandad me espera — nos espera — a la vuelta de la esquina en un oscuro callejón.
Nos tomará de la mano y nos dejará en los brazos de la Tristeza. Nos sentiremos
confundidos, desearemos que sea solo un sueño, se nos romperá el corazón.
Y solo cuando el dolor aminore, encontraremos los hilos para remendar nuestros corazones
y seguir adelante.
Mientras
tanto, afuera el mundo seguirá rodando, ajeno a nuestra noche oscura.





