domingo, 25 de enero de 2026

ÉL NO LA ENGAÑÓ


Él no la engañó. Ella se engañó a sí misma. Ingenua, joven e idealista. Creyente del príncipe azul. Del poder del amor para cambiar a alguien. De la eterna espera.

Se entregó al mito de Hera, la diosa del matrimonio, devota de su Zeus, como si pudiera salvarla. Como si tuviera el poder de detener el sangrado del aquel corazón sensible y abandonado.

Ella renunció a todo por seguirlo. Conoció todas sus facetas, aun las más oscuras. Pudo haberse marchado y, sin embargo, se quedó. La herida parecía sanarse.

Permaneció, permaneció, permaneció.

Se convirtió en madre, los hijos crecieron y se marcharon y ella seguía ahí.

Una inquietud en su pecho comenzó a agitarse como las alas de un ave…

Era algo poderoso. Tal vez, el alma reclamando su territorio.

Un día de frío invierno dejó de negarlo.

Hizo una maleta y se marchó…

No era preciso dar explicaciones, sin embargo, quiso aclararlo en una nota: “No fuiste tú mi prisión, fui prisionera de mi propia narrativa romántica. Lo siento”.

Tejidas con hilos de vocación reprimida y de deseo antiguo, sus alas eran de gran envergadura.  Alas hilvanadas en silencio. Alas tardías, otoñales, robustas.

Ya no importaba si la llamaban “loca”. 

Subiría a la cima de la colina y daría el salto luminoso.

Ascendería.

 

                                                                        

                                                             Imagen creada con COPILOT


 

 

 

 

 

 

 

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