Él
no la engañó. Ella se engañó a sí misma. Ingenua, joven e idealista. Creyente
del príncipe azul. Del poder del amor para cambiar a alguien. De la eterna
espera.
Se
entregó al mito de Hera, la diosa del matrimonio, devota de su Zeus, como si
pudiera salvarla. Como si tuviera el poder de detener el sangrado del aquel
corazón sensible y abandonado.
Ella
renunció a todo por seguirlo. Conoció todas sus facetas, aun las más oscuras.
Pudo haberse marchado y, sin embargo, se quedó. La herida parecía sanarse.
Permaneció,
permaneció, permaneció.
Se
convirtió en madre, los hijos crecieron y se marcharon y ella seguía ahí.
Una
inquietud en su pecho comenzó a agitarse como las alas de un ave…
Era
algo poderoso. Tal vez, el alma reclamando su territorio.
Un día de frío invierno dejó de negarlo.
Hizo
una maleta y se marchó…
No
era preciso dar explicaciones, sin embargo, quiso aclararlo en una nota: “No
fuiste tú mi prisión, fui prisionera de mi propia narrativa romántica. Lo
siento”.
Tejidas
con hilos de vocación reprimida y de deseo antiguo, sus alas eran de gran
envergadura. Alas hilvanadas en
silencio. Alas tardías, otoñales, robustas.
Ya no importaba si la llamaban “loca”.
Subiría a la cima de la colina y daría el
salto luminoso.
Ascendería.
Imagen creada con COPILOT

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