Leer
cada día las noticias descorazona a cualquier mexicano decente. ¿Qué podemos
hacer como simples ciudadanos para contrarrestar el declive de nuestra
sociedad? Tomar la pluma y escribir es una opción. La frase “la pluma es más
poderosa que la espada” se le atribuye al escritor y dramaturgo británico
Edward Bulwer-Lytton en la obra de teatro Richeliu de 1839.
Si
bien el acto de escribir y publicar estuvo vedado para las mujeres durante
siglos, hoy aparecen plumas noveles y valientes dispuestas a tomar las
oportunidades que la tecnología moderna brinda: redes sociales, blogs, podcasts,
páginas web, autopublicación, entre otras.
Dahlia
de la Cerda es un claro ejemplo. Nacida en Aguascalientes en 1985 se crio en
colonias populares y barrios de la Sierra de Jalisco. Estudió Filosofía sin
titularse, aunque eso no le impidió salir de la marginación en la que vivía.
Su
libro “Perras de reserva”, publicado en 2019 bajo el sello editorial Sexto
Piso, consiste en una serie de relatos, aparentemente individuales, que al
avanzar en la lectura terminan unidos por un hilo conductor. El corte feminista
es innegable, justificado. Los temas incluyen: aborto, pobreza, delincuencia,
brujería, violencia, narcotráfico, misoginia, abuso de poder. La estrategia
narrativa es impecable. Los personajes se vuelven inolvidables. A través de una
prosa irreverente, fluida y combativa la autora nos lleva a los submundos que
no quisiéramos visitar y que, sin embargo, son un retrato de la realidad en
México. Este libro es un grito denunciante. Es súplica y reclamo al mismo
tiempo.
Dahlia
se ha convertido en una figura polémica porque su pluma incomoda, nombra lo que
duele. Ante la imposibilidad de arreglar el sistema, les da voz a historias
desgarradoras, que sistemáticamente se repiten en el México actual.
En
sus perfiles se define como “Activista contra los fundamentalismos”. Recordemos
la definición: Fundamentalismo es la postura —religiosa, política,
ideológica o incluso cultural— que convierte un conjunto de creencias en
verdades absolutas, innegociables y no sujetas a interpretación, duda o matiz. El
verdadero problema no es la creencia en sí, sino la rigidez con la que se
sostiene.
Los
fundamentalismos de cualquier índole provocan polarización, censura, obediencia
ciega, estancamiento colectivo. Van en contra del don preciado de la libertad.
Entonces
aparecen plumas valientes, tintas disidentes, voces inconformes que se vuelven
causa y compromiso. Gestadas en la oscuridad nacen —de los úteros heridos, de
las fosas clandestinas, de los desiertos de huesos— historias que urgen ser dadas
a luz.
Lecturas duras, casi obligadas.
