jueves, 28 de mayo de 2026

INVITADA DE HONOR

 

Soy una invitada de honor en la antesala de la Muerte, pero no soy yo la que está muriendo. Es ella, mi madre, quien está en el umbral. Respira en el borde mientras yo, observo. Se ha convertido en un espejo de fragilidad. Algunos se han retirado, pero si se quedaran un poco… serían tocados por el Misterio. 

         Yo permanezco no porque sea fuerte, sino porque el guion ya está escrito y he de representar el rol de hija. El escenario se ha reducido, como su vida, a una habitación. A un confesionario, sin rejillas ni reclinatorios. Un lugar estrecho que invita a la reflexión, al recuento de una vida, al balance impostergable sin necesidad de absolución.

Ella yace en una cama. Ha perdido la voz, la musculatura y hasta el azul de sus ojos. Vulnerable, quebradiza, reducida y, sin embargo, en esa exigüidad sigue siendo la mujer que me dio la vida.  Ya no es la que era y, sin embargo, en esa versión mínima reconozco el hilo dorado que nos une.

Ha entrado en un nuevo ritmo lento y silencioso. Para ella, el tiempo es corto. Para nosotros, es largo e incierto. Su agonía es física, la nuestra, emocional. Duele desprenderse, aunque la muerte es un proceso natural cuando llega el momento de soltar a un ser amado, caer en los confines del Duelo es inevitable.

La Orfandad me espera — nos espera — a la vuelta de la esquina en un oscuro callejón. Nos tomará de la mano y nos dejará en los brazos de la Tristeza. Nos sentiremos confundidos, desearemos que sea solo un sueño, se nos romperá el corazón.

Y solo cuando el dolor aminore, encontraremos los hilos para remendar nuestros corazones y seguir adelante.

Mientras tanto, afuera el mundo seguirá rodando, ajeno a nuestra noche oscura.




sábado, 16 de mayo de 2026

MI PROPIO GETSEMANÍ

 

¿Qué cómo estoy?

La respuesta no es un cómo sino un dónde… Estoy en un huerto nocturno. Me descubro en mi propio Getsemaní. Los hombros se vuelven piedras; la mandíbula, nudo; el rostro hormiguea como si la piel sintiera lo que no puedo nombrar. Me aparto. Necesito estar sola. Sudo. Presiento lo inevitable.

El duelo empezó hace un año. Ella, mi madre, dejó de ser la mujer que era: Fuerte, independiente, guerrera. Perdió la voz, muchas de sus facultades, pero sobre todo, la forma en que habitaba el mundo. Y apareció otra versión de ella: frágil, disminuida, postrada. Una madre que ya no es la de antes, pero que sigue siendo mía. Nuestra. Alcanzo a ver a mi hermano entre los olivos, consumido por su propia angustia. En el instante en que los corazones saben lo que la mente aún intenta controlar. Sería bueno soltar, rendirnos, orar…

Mis primeros escritos fueron para el Crucificado porque me movía el corazón. Ahora evoco el eco de su Pasión. Siento el hilo crístico, dorado, prístino que nos une más allá de narrativas que tratan de explicar el Misterio de lo Inefable.

Me arrodillo ante la conciencia absoluta de lo inevitable. Estamos en el umbral. En la noche previa donde ya no queda otra opción que atravesar la verdad de que nuestra madre está muriendo.

Velar, esperar, aceptar.

Vislumbar también el alivio, la liberación, el regreso a la Luz. Somos testigos de una Buena Vida vivida a completud. Una Vida que nos dio vida.

 Una vida que escapará en el último suspiro…