El golpeteo me despertó. Amanecía lloviendo. Aún recuerdo
cuando las lluvias estivales me traían una extraña nostalgia. Hoy, ya no la
siento. Supongo que rompí el patrón porque de eso se trata ¿cierto? De encontrar
distintos hilos para tejer otra versión de nosotros mismos. En neurociencias
dirían que se forman nuevas conexiones neuronales, que el cerebro tiene esa
extraordinaria capacidad llamada plasticidad. Como quiera que sea es algo que
siento en el centro del pecho. Antes, era un duelo inexplicable, una tristeza
amarga, una especie de fisura… un corazón fragmentado. Hoy, mi corazón es
resiliente. Y aun en medio del caos soy capaz de conservar esa sensibilidad que
me obliga a escribir. Acorazarlo no es opción, al menos para mi camino de
escribana.
Es tiempo de seguir adelante. De extraer aprendizajes de
los errores del pasado. De insistir con una intención más prístina. He de aceptar
que estuve hambrienta de reconocimiento. La herida de abandono era profunda,
sin embargo, en ese abismo encontré el potencial. He dejado de ser semilla. Ahora
tengo raíces, tallo y hojas. Me he nutrido de la tierra, del agua y del sol.
Toca robustecer el brote. Nutrir los capullos. Cortar los hierbajos. Eso me
convierte, al mismo tiempo, en la hortelana. Guardiana del jardín donde reside mi
alma. Y he de proteger ese espacio sagrado hasta que pueda ofrecerme como un
fruto rebosante. Ya no seré la frutilla que se soltó antes de tiempo y se reciclo
resignadamente. Me convertiré en una flor con alas o tal vez, en un fruto extravagante.
Fertilizada con la pasión de quien ha estado sintiendo un llamado. Cada vez más
ardiente, innegable, impostergable a pesar de las circunstancias externas y
adversas.
Expandirme junto con mis letras. Surcar cielos lejanos al
tiempo que el viento me recuerda lo viva que estoy, aunque mi madre esté
muriendo postrada en una cama.
Una voz sabia me dijo que “las respuestas vendrían con el
cambio de estación”. Solo queda escuchar en el Silencio al tiempo que garabateo en
mi diario o quizás las señales lleguen
con la brisa cálida del verano o las gotas de lluvia mientras brinco en un
charco y recuerdo la inocencia que aún habita en mí.
Imagen creada con COPILOT
