He
dejado atrás el huerto. Mi madre ha iniciado su ascenso al calvario y yo, la
sigo como un fiel testigo. No hay madero ni tormento y, sin embargo, la
postración se vuelve cruz. Su cuerpo inmóvil, cadavérico, casi inerte se
sostiene no de clavos sino de hilos.
Hace
un año que perdió la voz. Hoy, lo ha perdido casi todo, pero aún resiste como
Jesús en el madero. Jadeante, sedienta, agónica. Atravesada por la lanza de la incertidumbre.
Mientras yo observo la escena, casi insoportable, vienen a mi mente las Marías
que acompañaron al Crucificado. El Amor
las hizo permanecer. Yo también me he quedado como un centinela. No puedo
cambiar el hecho. Tampoco pretendo huir. Mi estar se ha vuelto oración y
ofrenda.
Mi Fe quebrantada, por la duda, abre una grieta que se vuelve gruta para explorar el Misterio. Tengo una visión. Me encuentro en las afueras de Jerusalén. Llegó a la cima del Gólgota. Se difuminan las imágenes. No voy a recrear la tortura y la muerte. Estoy ahí para descifrar el “sí” absoluto, radical e incuestionable de María, la madre. Y la fidelidad incorruptible y ardiente de María Magdalena, la discípula redimida.
Siento el poder de la Presencia que las sostuvo para
sostener. Es la misma que me habita.
Un
halo de luz me regresa a la pequeña habitación donde yace mi madre. Descubro
que el Misterio no está lejos, ni en Jerusalén, ni en el pasado. Está aquí, latiendo en este
umbral de la vida y la muerte que ella está por cruzar y que yo custodio como el
último acto de amor que una hija puede ofrecer a una madre.
Ella, expirará poniendo fin al libro de su vida.
Yo, cerraré un capítulo más y al dar la vuelta escribiré en una hoja en blanco…
