miércoles, 3 de junio de 2026

EL ÚLTIMO ACTO DE AMOR

 

He dejado atrás el huerto. Mi madre ha iniciado su ascenso al calvario y yo, la sigo como un fiel testigo. No hay madero ni tormento y, sin embargo, la postración se vuelve cruz. Su cuerpo inmóvil, cadavérico, casi inerte se sostiene no de clavos sino de hilos.  

Hace un año que perdió la voz. Hoy, lo ha perdido casi todo, pero aún resiste como Jesús en el madero. Jadeante, sedienta, agónica.  Atravesada por la lanza de la incertidumbre. Mientras yo observo la escena, casi insoportable, vienen a mi mente las Marías que acompañaron al Crucificado.  El Amor las hizo permanecer. Yo también me he quedado como un centinela. No puedo cambiar el hecho. Tampoco pretendo huir. Mi estar se ha vuelto oración y ofrenda.

Mi Fe quebrantada, por la duda, abre una grieta que se vuelve gruta para explorar el Misterio. Tengo una visión. Me encuentro en las afueras de Jerusalén. Llegó a la cima del Gólgota. Se difuminan las imágenes. No voy a recrear la tortura y la muerte. Estoy ahí para descifrar el “sí” absoluto, radical e incuestionable de María, la madre. Y la fidelidad incorruptible y ardiente de María Magdalena, la discípula redimida. 

Siento el poder de la Presencia que las sostuvo para sostener. Es la misma que me habita.

        Un halo de luz me regresa a la pequeña habitación donde yace mi madre. Descubro que el Misterio no está lejos, ni en Jerusalén, ni en el pasado. Está aquí, latiendo en este umbral de la vida y la muerte que ella está por cruzar y que yo custodio como el último acto de amor que una hija puede ofrecer a una madre.

        Ella, expirará poniendo fin al libro de su vida.

        Yo, cerraré un capítulo más y al dar la vuelta escribiré en una hoja en blanco…


                                                      Imagen creada con Copilot