¿Qué
cómo estoy?
La
respuesta no es un cómo sino un dónde… Estoy en un huerto nocturno. Me descubro
en mi propio Getsemaní. Los hombros se vuelven piedras; la mandíbula, nudo; el
rostro hormiguea como si la piel sintiera lo que no puedo nombrar. Me aparto. Necesito
estar sola. Sudo. Presiento lo inevitable.
El
duelo empezó hace un año. Ella, mi madre, dejó de ser la mujer que era: Fuerte,
independiente, guerrera. Perdió la voz, muchas de sus facultades, pero sobre
todo, la forma en que habitaba el mundo. Y apareció otra versión de ella:
frágil, disminuida, postrada. Una madre que ya no es la de antes, pero que sigue
siendo mía. Nuestra. Alcanzo a ver a mi hermano entre los olivos, consumido por
su propia angustia. En el instante en que los corazones saben lo que la mente
aún intenta controlar. Sería bueno soltar, rendirnos, orar…
Mis
primeros escritos fueron para el Crucificado porque me movía el corazón. Ahora evoco
el eco de su Pasión. Siento el hilo crístico, dorado, prístino que nos
une más allá de narrativas que tratan de explicar el Misterio de lo Inefable.
Me
arrodillo ante la conciencia absoluta de lo inevitable. Estamos en el umbral. En
la noche previa donde ya no queda otra opción que atravesar la verdad de que
nuestra madre está muriendo.
Velar,
esperar, aceptar.
Vislumbar también el alivio, la liberación, el regreso a la Luz. Somos testigos de una Buena Vida vivida a completud. Una Vida que nos dio vida.
Una vida que escapará en el
último suspiro…

No hay comentarios:
Publicar un comentario