lunes, 2 de noviembre de 2026

LA CATRINA LLORA

 

El geriatra contestó todas mis preguntas sobre la sedación paliativa. Que sí era legal, que sí era ética, que sí era necesaria. Por más que lo adornó no pudo convencerme. No pude evitar compararlo, tal vez erróneamente, con lo que los veterinarios les hacen a las mascotas desahuciadas, pero estábamos hablando de ¡mi madre! No iba a convertirme en Átropos, la moira encargada de cortar el hilo de la vida, aunque trece meses de su enfermedad y postración habían sido una pesada losa en mi, ya de por sí, lastimada espalda. Si yo era un fruto rebosante de ese bendito vientre ¿cómo podría cortar el árbol de raíz?

Sostener, sostener, sostener porque era la hija; porque mi hermano vive lejos, porque era lo que correspondía y porque no iba a abandonarla en esa lamentable situación. El accidente cerebro vascular había sido como una explosión que había causado daños colaterales.

Ella, la guerrera, insignia de la familia, se había convertido, de un día para otro, en un ser completamente dependiente, frágil y vulnerable. El tiempo y la enfermedad hicieron lo propio. La muerte apareció en tres actos. En el primero, su cuerpo se convirtió en un esqueleto cubierto de piel. En el segundo, se asomó por los dedos de los pies y las manos. Uno a uno se tornaban negro. Ese fue mi punto de inflexión. Llamé a mi hermano y al geriatra. Tomaríamos la opción que me había negado a aceptar.

Esa noche oré. Recordé mis días en la escuela de monjas. La imagen del Getsemaní me envolvió. "Padre, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya". Para ese momento, la situación era insostenible. Y ni siquiera congenio ya con las creencias de un dios antropomorfizado que juega con el destino de los hombres; sin embargo, invoqué con tanta Fe esas palabras que obtuve la respuesta a las 5:30 de la mañana cuando sonó el teléfono. "Tu madre falleció hace veinte minutos". La muerte apartó de mí aquella copa. La muerte y su contundencia. Confrontante. Irreversible. El tercer acto.

Llevamos a cabo los ritos funerarios. Permanecí estoica, aunque por dentro estaba rota. Ya llegaría el tiempo de llorar en solitud, de sacar la tinta y sanar escribiendo. Ella también había tomado la pluma. Nos dejó sendas cartas. Las escribió antes del evento, como si hubiera adivinado que perdería muchas de sus capacidades. Es curioso cómo unas palabras en una hoja de papel llegan a significar tanto. Una simple carta se convierte en rastro de lo que fuimos. Madre e hija. Hija y madre hasta la siguiente encarnación.

En una extraña paradoja, la Orfandad me ha dado fuerza. ¿Acaso recibí la estafeta de guerrera? Solo sé que he de seguir adelante. Paso a paso con la cabeza erguida y mi corazón valiente.

Han pasado solo cuatro meses de su partida. Se acerca el Día de Muertos. Saco las cosas que ya tengo de las ofrendas anteriores. Compro velas nuevas y flores frescas. Imprimo la foto de mi madre. Así he de recordarla: Elegante, de porte altivo y con sus ojos de azul profundo. Trato de borrar la imagen que dejó la muerte.

Mientras pongo el altar, mi hijo, el mayor, me comenta que su abuela va en camino al Mictlán y que ha de pasar un año antes de colocar su foto en la ofrenda. Su alma aún camina entre recuerdos. No queremos confundirla. Mi madre tendrá que esperar…

Comienzo con un mantel blanco de base. Coloco largas tiras de papel picado, con sus coloridos diseños de encajes, calaveras y esqueletos. Se mecen con el viento que entra por la ventana. Acomodo la foto de cada uno con su respectiva vela blanca. Decoro con elementos como calaveras de chocolate, frutas de alfeñique, el tradicional pan de muerto.  El agua y la sal no pueden faltar.

Deshojo el cempasúchil, lo esparzo como una lluvia amarilla que impregna su aroma y pinta la ofrenda. Entre los pétalos miro a mis ancestros. A cada uno le dedico unas breves palabras de agradecimiento. Dejaron huella en mi corazón. Enciendo el copal. Me convierto, por un instante sagrado, en curandera. Ahora están todos juntos enviándonos bendiciones de luz como las velas que acabo de encender.

Al terminar el ritual la garganta se me atenaza. Algún día yo seré la foto de la ofrenda. Las lágrimas contenidas escapan de mis ojos, las dejo correr por el maquillaje de catrina que me acaban de elaborar. Era un deseo de años.

La catrina llora.

                                                         Ofrenda 2026