El
geriatra contestó todas mis preguntas sobre la sedación paliativa. Que sí era
legal, que sí era ética, que sí era necesaria. Por más que lo adornó no pudo
convencerme. No pude evitar compararlo, tal vez erróneamente, con lo que los veterinarios
les hacen a las mascotas desahuciadas, pero estábamos hablando de ¡mi madre! No
iba a convertirme en Átropos, la moira encargada de cortar el hilo de la vida,
aunque trece meses de su enfermedad y postración habían sido una pesada losa en
mi, ya de por sí, lastimada espalda. Si yo era un fruto rebosante de ese
bendito vientre ¿cómo podría cortar el árbol de raíz?
Sostener,
sostener, sostener porque era la hija; porque mi hermano vive lejos, porque era
lo que correspondía y porque no iba a abandonarla en esa lamentable situación.
El accidente cerebro vascular había sido como una explosión que había causado
daños colaterales.
Ella,
la guerrera, insignia de la familia, se había convertido, de un día para otro, en
un ser completamente dependiente, frágil y vulnerable. El tiempo y la
enfermedad hicieron lo propio. La muerte apareció en tres actos. En el primero,
su cuerpo se convirtió en un esqueleto cubierto de piel. En el segundo, se
asomó por los dedos de los pies y las manos. Uno a uno se tornaban negro. Ese
fue mi punto de inflexión. Llamé a mi hermano y al geriatra. Tomaríamos la
opción que me había negado a aceptar.
Esa
noche oré. Recordé mis días en la escuela de monjas. La imagen del Getsemaní me
envolvió. "Padre, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no
se haga mi voluntad sino la tuya". Para ese momento, la situación era
insostenible. Y ni siquiera congenio ya con las creencias de un dios antropomorfizado
que juega con el destino de los hombres; sin embargo, invoqué con tanta Fe esas
palabras que obtuve la respuesta a las 5:30 de la mañana cuando sonó el
teléfono. "Tu madre falleció hace veinte minutos". La muerte apartó
de mí aquella copa. La muerte y su contundencia. Confrontante. Irreversible. El
tercer acto.
Llevamos a cabo los ritos
funerarios. Permanecí estoica, aunque por dentro estaba rota. Ya llegaría el
tiempo de llorar en solitud, de sacar la tinta y sanar escribiendo. Ella
también había tomado la pluma. Nos dejó sendas cartas. Las escribió antes del
evento, como si hubiera adivinado que perdería muchas de sus capacidades. Es
curioso cómo unas palabras en una hoja de papel llegan a significar tanto. Una
simple carta se convierte en rastro de lo que fuimos. Madre e hija. Hija y
madre hasta la siguiente encarnación.
En
una extraña paradoja, la Orfandad me ha dado fuerza. ¿Acaso recibí la estafeta
de guerrera? Solo sé que he de seguir adelante. Paso a paso con la cabeza
erguida y mi corazón valiente.
Han
pasado solo cuatro meses de su partida. Se acerca el Día de Muertos. Saco las
cosas que ya tengo de las ofrendas anteriores. Compro velas nuevas y flores
frescas. Imprimo la foto de mi madre. Así he de recordarla: Elegante, de porte
altivo y con sus ojos de azul profundo. Trato de borrar la imagen que dejó la
muerte.
Mientras
pongo el altar, mi hijo, el mayor, me comenta que su abuela va en camino al Mictlán
y que ha de pasar un año antes de colocar su foto en la ofrenda. Su alma aún
camina entre recuerdos. No queremos confundirla. Mi madre tendrá que esperar…
Comienzo
con un mantel blanco de base. Coloco largas tiras de papel picado, con sus
coloridos diseños de encajes, calaveras y esqueletos. Se mecen con el viento
que entra por la ventana. Acomodo la foto de cada uno con su
respectiva vela blanca. Decoro con elementos como calaveras de chocolate,
frutas de alfeñique, el tradicional pan de muerto. El agua y la sal no pueden faltar.
Deshojo
el cempasúchil, lo esparzo como una lluvia amarilla que impregna su aroma y pinta
la ofrenda. Entre los pétalos miro a mis ancestros. A cada uno le dedico unas
breves palabras de agradecimiento. Dejaron huella en mi corazón. Enciendo el
copal. Me convierto, por un instante sagrado, en curandera. Ahora están todos
juntos enviándonos bendiciones de luz como las velas que acabo de encender.
Al
terminar el ritual la garganta se me atenaza. Algún día yo seré la foto de la
ofrenda. Las lágrimas contenidas escapan de mis ojos, las dejo correr por el
maquillaje de catrina que me acaban de elaborar. Era un deseo de años.
La
catrina llora.

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