miércoles, 28 de julio de 2021

STORYTELLER

 

En los albores de mi alma, yace un recuerdo primal Me veo enclavada en una tierra antigua. Abetos, pinos, cedros y avellanos forman un tupido bosque. Un verde profundo pinta el paisaje. Un arroyo desciende desde la lejana montaña nevada. Escucho el agua cristalina corriendo sin detenerse. Brinca las piedras que se ponen en su camino y salpica humedeciendo la orilla donde crece la hierba. Tierra y Agua se hacen amantes antes del amanecer. Sólo queda el rocío y el olor a petricor. Percibo la Sacralidad del Espíritu que ahí habita. Lo abarca todo. Llevo un sencillo vestido corto y semitransparente que deja ver mis senos y curvas; mi pelo suelto decorado con una diadema de flores. Estoy descalza.  Abrazo los árboles, corto flores silvestres, hago atados de hierbas. Por las noches escucho el aullido de los lobos y danzo bajo el influjo de la luna. Rio cuando el sol me acaricia la cara o cuando la lluvia me empapa. Vibro al sentir la pulsión de Vida que late en todo mi cuerpo de mujer. No estoy sola, hay otras mujeres cultivando sus dones. Los hombres que nos fecundan están en otra aldea cercana. Son guardianes de lo Sagrado Femenino.

Camino entre la arboleda y observo un trazo tallado en el tronco de un avellano. Es el signo de la clarividencia. Hundo mi dedo índice en el tallado y de pronto, tengo una visión.

Los opresores se acercan galopando sus caballos domesticados con armaduras de hierro y espadas. Nos conquistan, nos oprimen, derraman sangre. Ahora somos víctimas y verdugos. Despojadas, tomadas a la fuerza. El Patriarcado se instaura. Pretenden encerrar al Gran Espíritu Todo Abarcador en templos. Le atribuyen una forma humana y cruel. Lo llaman “Padre”. 

Pasa mucho tiempo, nos creemos esta locura. Defensa y ataque. Dolor, muerte y sufrimiento. Hacemos lo posible por escapar, pero nos convertimos en lo mismo, perpetuándolo. Se siente tan real.

 ¡Oh no! He dejado de ser una observadora y ahora estoy dentro del conflicto. Participo en su juego macabro. Me siento herida, fragmentada. Estoy atrapada en la ilusión. Comienzo a olvidar el tupido bosque y su Sacralidad. El Patriarcado cambia sus formas, se oculta sutilmente. Nos engaña. Nos adaptamos.  Ahora lo veneramos. El recuerdo primal se ha difuminado. Pasan años, no sé cuántos, pero me siento tan cansada. Todos los días parecen una vana repetición. Sé con el corazón que “hay algo más”. El espejo me lo dice, ya no llevo el pelo suelto, ni danzo bajo la luna.

—¡Leonora! ¡Leonora! ¿Dónde te metiste?

Escucho a lo lejos la voz de mi hermana. Me siento succionada hacia atrás y vuelvo a estar enclavada en el bosque.

—Por fin te encuentro, otra vez ¿buscando Inspiración? 

No puedo contestar, estoy temblando.

—¿Qué pasa Leonora?

—Tuve una horrenda visión…

—¡Oh querida cuánto lo siento! Con un té de la abuela, te sentirás mejor. ¡Vamos!

Regreso a nuestra pequeña aldea. El cazo de la abuela está sobre el fuego. El olor a canela me envuelve. Ella se me acerca, me abraza y me dice al oído:

—Recuerda lo que eres — al tiempo que me entrega mi pluma de ave, un cordel de hojas de abedul atadas y tintura roja.

Entonces recuerdo y escribo...



JULIO 2021

Metepec, México

Durante la pandemia






                                                                                            Imagen tomada de internet

viernes, 4 de junio de 2021

EL VOTO NOS SALVA

 

No, no soy politóloga ni experta en temas electorales. Soy una ciudadana común y corriente perteneciente a la clase media. Amo a México y me preocupa el rumbo que está tomando el país bajo el liderazgo retrógrado del presidente López Obrador.

 Debo confesar que por un instante sentí admiración por él cuando fue declarado ganador de la elección presidencial para el periodo 2018-2024. “Al fin lo consiguió”. Pensé. Aunque no voté por él, estaba harta de la rapacidad del PRI como millones de mexicanos y deseaba un cambio auténtico para el país; así que al principio del sexenio creí, que lo correcto era “darle el beneficio de la duda”. 

Ya sentado en la silla presidencial, se sintió dueño y señor no sólo de Palacio Nacional, sino de los tres poderes que rigen nuestra nación. Fabricó el escenario perfecto para consumar su protagonismo: “Las mañaneras”. Una vana repetición del mismo discurso: neoliberalismo, corrupción, los adversarios enojados, el pueblo manda…

Hasta la reconocida escritora y seguidora de AMLO, Elena Poniatowska declaró: “Es que las mañaneras se han convertido en una comedia de equivocaciones desde el emblemático Palacio Nacional y además en nada le favorecen ni al propio presidente ni mucho menos al país”.

Bajo el lema de “limpiar la corrupción” ha tomado decisiones que más bien parecen caprichos. Comenzó con la cancelación del tan necesario nuevo aeropuerto de Texcoco. Si el proyecto hubiera estado solamente en planos, quizá podría haber sido reversible, sin embargo, revertir una obra ya iniciada no sólo alcanzó la elevada cifra de 332,000 millones de pesos, sino que lanzó un mensaje negativo a los inversionistas. Además, pretender convertir el aeropuerto militar de Santa Lucía en civil, raya en lo absurdo. ¿Sabías querido lector que las aproximaciones aéreas a la ciudad de México fueron cambiadas y que hoy representan un grave riesgo para la aviación? Esto está avalado por pilotos y controladores aéreos, pero claro el presidente tiene “otros datos”.

La desaparición de fideicomisos públicos como el Fondo de Inversión y Estímulos al Cine, el Fondo de Desastres Naturales, o el Fondo de Innovación Tecnológica de la Secretaría de Economía, entre muchos más. Las reducciones presupuestales que casi colapsan los sectores de educación, energía e investigación científica. Desabasto de medicamentos e insumos en el de por sí deficiente sector salud, que quedó más que evidenciado con la emergencia de la pandemia del Covid 19. Su necedad de no usar cubrebocas mandó un mensaje incongruente y falto de empatía. ¿acaso no se predica con el ejemplo? Su pleito con los empresarios también ya es de todos conocido. Este sector es el que provee empleos y ahora se encuentra maniatado ante las ocurrencias del presidente. ¿Desaparecer los organismos autónomos como  el INE o el INAI? El poder necesita contrapesos para no convertirse en dictadura.

 La lista de sus erráticas decisiones es muy larga, pero claro, “está limpiando la casa”. ¿No será que ve corrupción por todos lados porque la lleva dentro? El poder también corrompe. El mismísimo Porfirio Muñoz Ledo ha declarado que “AMLO está mareado de poder” y profetizó un trienio de un gobierno despótico.  ¿Hacia dónde quiere encaminarnos nuestro jefe de Estado?

Recientemente el diario londinense “The Economist” publicó una extraordinaria portada donde lo dibujan como el “falso mesías”. Marcelo Ebrard debió ser instruido a escribir una respuesta. En dicha carta lo que se lee entrelíneas es la molestia del ejecutivo. ¿Cómo se atreven? Cuando no puede con los retos ni las críticas, el presidente minimiza; emite calificativos peyorativos, busca culpables, se escuda en el pasado repitiendo su raído discurso.

Las telas del protagonismo, el retroceso, el resentimiento social, la necedad y la instigación son las que confeccionan su vestimenta presidencial. Parece una parodia de sí mismo.

¡Cuánta razón tuvo Ricardo Anaya! cuando en aquel debate le dijo: “El problema Andrés Manuel no es tu edad en lo absoluto. El problema es que tus ideas son muy viejas… tampoco me parece un problema que no entiendas inglés; el problema es que no entiendes el mundo.”

Un pueblo que necesita un “mesías” no es un pueblo sabio, es un pueblo ignorante.

Nadie salvará a México. Eso solo será posible sólo de manera colectiva. Sumando esfuerzos no dividiendo ni polarizando. Cada uno haciendo la parte que le corresponde desde su trinchera con responsabilidad, trabajo bien hecho, honestidad y pasión. El presidente de una república es el servidor público de más alto rango y debe gobernar para todos, sin clasificarnos.

Mexicanos: Lo único que puede enderezar el catastrófico rumbo que lleva el país bajo el mando de Morena es nuestro voto. Requerimos este 6 de junio ir a las urnas y crear una oposición que equilibre la balanza. Por el bien de México, por el bien de todos.

 

Imagen tomada de internet


 

lunes, 8 de marzo de 2021

PAGANA

 

En los albores de mi alma, yace un recuerdo primal.
 
Con una taza de café en la mano, salí al pequeño jardín de mi casa. Quería contemplar la luna. La contaminación sobre la ciudad, no siempre permite apreciar el cielo, sin embargo, esa noche en el que el invierno agonizaba, estaba completamente despejado y teñido de un azul profundo. Ahí estaba ella, la luna llena, posando como una diva para ser admirada.  La contemplé un rato. Tan redonda, tan lejana y tan mística. Observaba al conejo que asemeja habitar en ella cuando escuché: “Soy una liebre”. Un rayo de su luz plateada pareció alcanzarme.  Un aullido largo y sostenido brotó de mis cuerdas vocales. El pensamiento de “¡Qué ridiculez!” cruzó brevemente por mi cabeza, pero ya no hubo tiempo de racionalizar el evento. Fui sacada de esta realidad que había comenzado incomodarme años atrás.

Aparecí en un bosque rodeada de altos y frondosos pinos que parecían protegerme. Unas montañas lejanas y ligeramente nevadas, eran el telón de fondo. Un cristalino río nacido de sus entrañas, descendía tropezando con piedras y varas. Se escuchaba el canto silvestre de algunas aves. Sentí la Sacralidad del Espíritu que ahí habitaba. Aunque estaba completamente sola no sentí miedo, por el contrario, parecía pertenecer a esa tierra. Yo era parte de ella.
“Estás aquí para recordar”
escuché en un susurro que se llevó el viento.

Con los pies descalzos y firmemente arraigados, sentí el galope de una manada de caballos salvajes en mi pecho; un escalofrío me recorrió de los pies a la cabeza erectándome los pezones. Mi útero palpitó, mi vagina vibró y mis brazos se batieron imitando ser alas. Mi cuerpo se movía sin mi consentimiento.  Comencé a bailar al ritmo de unos distantes tambores. Mi respiración se agitó mientras mis caderas se contorneaban. Reía.  Me sentí feliz en mi cuerpo de mujer y a salvo en mi propia piel. Me seduje a mí misma. Tan salvaje y primal.

Volví de mi trance. El café ya se había enfriado. ¿Bajo qué hechizo de luna había visto todo eso?  No, no era un encantamiento, era un recuerdo.

Un asomo de la que había sido antes del sueño del patriarcado y la domesticación. La que corría libremente por las praderas vestida tan solo con unas telas blancas; la que le cantaba al sol y a las estrellas; la dadora de vida; la que recolectaba flores y hierbas; la que contaba historias; la guardiana de los ciclos; la adoradora de la Madre Tierra; la pagana; la que llamaron “bruja”.

Entonces comprendí que no se lucha, se despierta, porque el alma libre de lo femenino no puede ser aprisionada. Es sólo un sueño de opresión. En algún momento de inexplicable confusión dejé que me ataran con lazos de culpa y pecado. Permití que me impusieran roles y creencias rígidas. Me coloqué en una posición donde me sentí víctima. Me lo creí todo. ¡Olvidé que estaba soñando!

Agradecí el recuerdo de mi alma instintiva y aullé en esa noche de luna llena.
 
Metepec, México
8 Marzo de 2021
Durante el confinamiento.


                                                      Imagen tomada de internet

miércoles, 2 de diciembre de 2020

UN DÍA EN TIEMPOS DE CONFINAMIENTO

 

El ajo ya danza en el aceite de oliva. Prepararé una lasaña a la boloñesa al tiempo que mi hijo, el comunicólogo, cocina otra, vegetariana. Desde hace tres años dejé de consumir carne de res o puerco. Él es vegano, regresó con esa moda de Vancouver cuando se fue a estudiar cine. Mi hijo menor, el financiero y mi esposo, el capitán, siguen una dieta omnívora. Así que en la cocina hay  menús variados. Me gusta cocinar. Sostengo que el corazón de una casa late en la cocina. Es una forma de demostrarles mi amor. No necesito que me agradezcan, con que saboreen la comida siento su gratitud. “¿Me pasas la albahaca?” me dice mi hijo. Voy por las tijeras y corto dos ramas de la planta que tengo en una maceta de barro rosa, no sin antes pedirle permiso para hacerlo.  He fracasado en mi intento de tener un huerto, sin embargo, tengo algunas especias frescas a la mano. Mientras cocinamos, filosofamos. Nos recordamos porqué nos dedicamos a contar historias. Él se ha especializado en escribir guiones, yo escribo fantasía inspiracional. Él lo aprendió en la universidad, se graduó con honores. Yo, fui bendecida con el don de la escritura. Muchas veces ha intentado explicarme cómo se hace el arco de un personaje, me cuesta trabajo entenderle todo, aunque agradezco su buena intención. Hace muchos años que dejé la escuela. Además, la tecnología de hoy, me rebasa. La escritura para mí ha sido una fiel compañera desde mi adolescencia. Y en muchas ocasiones, me ha salvado. Sin ella, estaría atada con una camisa de fuerza. Sí, vagando en mundos fantasiosos, pero sin la lucidez de poder plasmarlos en una hoja de papel.

Los olores se mezclan. Una capa de pasta, otra de salsa de jitomate, encima el relleno. Vamos armando el platillo italiano. Aún nos quedan especias que trajimos de Roma en el verano del año pasado. Cuando se podía viajar. Ya llevamos nueve meses de pandemia. Las cifras de contagios y muertes en México suben alarmantemente. Sabemos que este confinamiento va a durar todavía un tiempo indefinido. Aunque todavía es otoño, por las tardes se siente el aire frío. Ya estamos en diciembre. La decoración navideña ya se deja ver en algunas casas del vecindario, incluida la mía. Es extraño, no he sentido la nostalgia que caracteriza esta época del año. Hoy siento una profunda Gratitud. Si este fuera el final para mí, me iría agradecida por todo lo vivido. ¿Qué agradezco? Eso es tema para otro texto. Lo que sí puedo compartir ahora es que llegar a sentir esta paz en medio del caos, fue un proceso de años. Un largo camino, que puedo voltear a ver tan sólo para reconocerlo. ¡Me alegro de haber enfrentado a mis demonios interiores! Aunque muchas veces sentí que ellos ganaban las batallas…

El horno ya está caliente. Media hora y las lasañas estarán listas.

Hoy todo es diferente. El mundo ya cambió. Es un mundo reducido. Tendremos que hacer un duelo por todo lo que no volverá. Adaptarnos como sostenía Darwin. Sobrevivir, o quizás empezar realmente a vivir: un día a la vez. Dicen los iluminados que el Presente es lo único que existe. Otra acepción para la palabra “presente” es regalo. “El regalo del presente”, eso nos ha traído esta pandemia, aunque la envoltura de la incertidumbre nos desagrade. Ahora, tenemos que encontrar el sentido, en la cotidianidad. ¿Será el sentido último el amor?

Abro el horno y los llamó a comer.

Volteó a ver el letrero de madera que está sobre la campana de la estufa y encuentro la respuesta: “Love is a kitchen full of family”.

lunes, 16 de noviembre de 2020

HONRA A NUESTRO PERRO

 

Era 2 de noviembre, las velas de la Ofrenda de Muertos todavía estaban encendidas. La muerte se lo llevó “de a poquito”, eso nos dio la oportunidad de despedirnos. En la tarde dio los primeros síntomas de que algo le dolía, cojeaba al caminar. Se le veía raro y cabizbajo. Aunque me costó trabajo encontrar un veterinario un domingo por la noche en día feriado, lo conseguí. Le inyectó algo para el dolor y dijo que al día siguiente enviaría un radiólogo para tomarle unas placas. Las imágenes mostraron un par de vértebras fusionadas, es decir una columna ya dañada por la edad. Aunque yo pude tomar las decisiones pertinentes respecto a la mascota familiar quise esperarme a que llegara mi esposo de viaje. Después de todo, él era el legítimo dueño del perro. 

Manhattan, un canino de raza San Bernardo, pelo corto nacido en Nueva York. Además de “guapo”, era noble, limpio, educado y muy tranquilo. Un fiel compañero, de esos perros que encarnan la nobleza absoluta. Era común encontrarlo deambulando por el jardín o echado tomando el sol. A raíz del encierro obligado causado por la pandemia, le pusimos más atención. Las actividades bajaron su ritmo, por lo que ahora teníamos tiempo para pasearlo. Ni siquiera necesitaba correa, caminaba al lado de quien quiera que lo sacara. Olfateaba el pasto de los lotes contiguos y si algún perro del vecindario le ladraba, sólo lo miraba y se seguía de largo. Su calma era inmutable, tal vez un reflejo de su paz interna. Lo trajimos un diciembre, aprovechando nuestras vacaciones en Chicago, donde vive uno de mis cuñados. Habiendo nacido en un criadero de Nueva York nos lo enviaron en avión a Chicago y juntos volamos a México. Vivimos en Metepec, un municipio del Estado de México, a las faldas del volcán Xinantécatl.  Un lugar muy peculiar que combina la vida rural con la urbana. El clima es frío, por lo que el perro no notó la diferencia con su natal Nueva York. Tenía tan sólo tres meses de edad. Así creció como un miembro más de la familia. Aunque me gustan los perros, no soy de las que los duermen en su cama. Así que Manhattan vivía entre la veranda techada y el jardín. Así devinieron siete años exactos.

 Conforme sucedieron los días su ánimo decaía, dejó de comer y pasaba la mayor parte del día, dormido. Su vida se apagaba como las velas de la ofrenda que se consumen poco a poco. El veterinario volvió para inyectarle un fuerte analgésico esperando que reaccionara favorablemente, pero eso no sucedió. Al tercer día ya ni siquiera se levantó. Por fin llegó mi esposo quien se aferró a la esperanza de que al día siguiente lo llevarían a sacarle unas muestras de sangre para tener un diagnóstico más acertado. “Todavía nos va a durar un rato” me dijo. Sé que necesitaba decirse esas palabras. Cada quien lidia con la muerte de la manera que puede. Algunos la niegan, otros vemos la inminencia. A las diez de la noche vomitó sangre y fue ahí cuando les dije que “se fueran despidiendo”. Al ver ese charco, fue inevitable para mí, recordar la forma en que había muerto mi padre. Aquella madrugada de octubre de hace dos años, una hemorragia interna acabaría con su vida. Alcanzó a llegar al baño cuando sintió la bocanada de sangre. Choque hipovolémico determinaron los doctores. No sé si su muerte fue instantánea, mi tía encontró su cuerpo yermo y ensangrentado. ¿Qué necesidad había de que mi mente me trajera ese recuerdo? Eso me quebró.

El veterinario acudió de nuevo a revisarlo, se negó a sacrificarlo. Lo que yo buscaba era evitarle el sufrimiento, sin embargo, mi esposo y él confiaban en que amanecería. En la madrugada sus ladridos nos despertaron, su temperatura bajaba y estaba muy inquieto. Su ladrido se convirtió en quejido. Agonizaba. Se tranquilizó después de que nos despedimos.

La vida le duró hasta el amanecer.

La ofrenda todavía está puesta. Hay una nueva fotografía con una vela encendida.
 


5 de noviembre de 2020
Metepec, México.
Durante el confinamiento.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

DISECCIÓN

 

Me gusta comparar la vida con una obra de teatro. Así puedo observar a quienes en ella actúan como personajes, incluyéndome a mí misma. 

A quienes nos gusta escribir, sabemos bien cómo crear un personaje: Tenemos que darle un nombre, imaginar su aspecto físico, temperamento, sus gestos y manías, situarlo en un contexto para después crear toda una historia a su alrededor. Quizás tomemos atributos prestados del tío gruñón de la familia o revivamos a alguien del pasado. Como quiera que sea, nos sentimos un poco dioses. Todopoderosos al diseñar su destino. Haciéndolo pasar por la emocionalidad y los dramas humanos. Y de tanto escribir, me surge la duda ¿no seré yo misma un personaje?  ¿Quién me concibió con mis atributos? Virtudes: responsable, sensible y creativa. Defectos: rencorosa, intolerante, mandona; solo por citar algunos. Quiero diseccionar mi personaje, capa por capa, conocer su entretejido. Desentrañarlo. ¿De qué está hecho? ¿A quién se le ocurrió que el abandono marcara mi vida y toda esa intrincada historia con mi padre? ¿Tenía que doler tanto? Dos operaciones de columna ¿es en serio? Ama de casa, desposada con un piloto y madre de dos hijos. Mujer, hija, hermana, sobrina, tía y amiga de alguien. Nacida en la CDMX un 26 de enero de 1969. Para mi fortuna, quien me caracterizó me dio el talento de escribir. Supongo que de lo contrario habría enloquecido.  Miro mi pluma. Se me ocurre que quizás… pueda reescribirme, hacer una mejor versión de mi misma. Recargo la pluma en el papel y me pierdo en el Mundo de la Imaginación donde habitan todos los personajes. Me busco. Quizás me encuentre leyendo bajo la sombra de un árbol o recogiendo flores de lavanda. No, no estoy en los jardines. Este mundo tiene tantos parajes… De pronto me veo cruzando un puente de madera. Sí, soy yo cargando una maleta. ¿A dónde voy? Me acerco. El personaje que soy voltea a verme y me dice:

—Ya no voy a actuar más tu vida. He renunciado.

—¿Perdón? ¿Me hablas a mí?  

—Por supuesto que te hablo a ti. Quieres escribir una mejor versión de ti misma ¿no es cierto?

—Bueno sí…era un decir.

—Honremos la palabra—me dice— la verdad estoy muy cansada de tus dramas.

Sólo en ese instante pude imaginar el peso que ha cargado.

—Si no me voy, no habrá espacio para la restauración.

—¿Cuál restauración?

Mi personaje simplemente se encoge de hombros, se da la media vuelta y sigue su camino por el puente. Al verla noto sus hombros gachos y sus pies pesados como el plomo. Se aleja al tiempo que comienzo a sentirme ligera, sin peso. Desfilan por mi mente etapas de mi vida, situaciones y experiencias.  ¿Acaso estoy muriendo? Si no soy el personaje que se ha marchado ¿quién soy en realidad? Un viento fresco me toca la cara. Comienzo a escuchar una voz que me habla dulcemente.

— Lo has olvidado, pero yo te lo diré: Eres una extensión del Amor que te creó, del cual nunca te has separado. ¡Eres puro amor!

—¿Y el personaje?

—Era una ficción. 

—No comprendo lo que está pasando. Parecía tan real.

—Ahora eres libre para ser quien siempre has sido en esencia.

 Una luz me ilumina. Los límites se desvanecen. Ya no distingo la separación

entre la obra, el teatro, el escritor, el guion y el actor.

El deseo de mi corazón se restaura… Sólo quiero personificar el Amor que soy. 


Metepec, México 

Septiembre de 2020 

Durante el confinamiento.


domingo, 16 de agosto de 2020

ME EXTRAÑO ESCRIBIENDO

Me extraño escribiendo. En mi estudio, entre libros, acompañada de una taza de café.

A veces, la vida nos requiere en otro lado. Tenemos que dejar nuestra cotidianidad para actuar el rol que corresponde.  Llamada a escena para ser hija, estar junto a mi madre. Apartarme de mi casa y reconectar con la familia original. Observarla andar por un camino que ya conozco. Cruzar la puerta de la enfermedad y descender al inframundo donde la muerte deambula. No, no soy y, sin embargo, no puedo apartarme. Me toca ser columna, al tiempo que los cirujanos alinean la suya. Esperar y desear que todo salga de la mejor manera posible. Mi hermano está conmigo. Somos sólo los tres. Cuando la presión es mucha, pienso en qué si tuviera un marido a su lado, él llevaría la batuta. Pero en la historia de mi madre, los hombres han sido efímeros. La mayor parte de su vida ha dormido sola. Guerrera incansable. Mujer acorazada que ha librado mil batallas. Fuerte, independiente, insumisa, sin embargo, es su corazón quien ha pagado el precio. Justo es él quien toma relevancia en este drama. Pretendió detenerse durante la cirugía, pero no había llegado su hora. Como en una gesta heroica, los médicos salieron triunfantes. Sólo es cuestión de esperar a que su cuerpo reaccione. Nos sentimos agradecidos. Mi hermano y yo le hacemos la broma de que tiene más vidas que un gato. Ha usado la cuarta.

En situaciones como éstas, el control se ríe de nosotros. Los gastos se disparan. No contábamos con las transfusiones y la terapia media. Llamo a mi esposo, para comentarle mi angustia. “Si no te alcanza, yo voy y pago la cuenta”. Aunque no fue necesario, sus palabras fueron un bálsamo. Su apoyo me dio fuerza. Pensé en esas mujeres que dicen “no necesitar un hombre”, yo elijo sí necesitarlo.

 Al salir del hospital, revivo aquella sensación cuando me entregaron a mi recién nacido para que me hiciera cargo de él. ¡Era tan frágil e indefenso y dependía totalmente de mí! La responsabilidad me abruma, pero ya no tengo veinticuatro años y ahora soy capaz de pedir ayuda. La familia llega a apoyar y yo tengo un respiro. Mi tía lleva comida, yo evoco los sabores de mi infancia. Ver a mi madre frágil me rompe los esquemas. No parece ser ella y a mí me cuesta trabajo sentir empatía. Poco a poco encontramos un nuevo ritmo. Convivimos de nuevo. ¡Hace tantos años que me fui de la casa materna! La vida me regala la oportunidad de disfrutar a mi hermano. Él era un niño de tres años cuando partí. Hoy es un hombre y yo una mujer. Nos damos fuerza uno al otro. Resolvemos juntos. Cada uno da lo que puede. Hay respeto a las limitaciones del otro, no nos exigimos. Mi madre se recupera lentamente. 

Aunque tengo todas las comodidades, extraño mi casa. No estoy acostumbrada a vivir en un departamento. He olvidado la pandemia. Salgo a la tiendita de la esquina y me regreso por el cubre bocas. Las cifras de contagios siguen aumentando, el fin se ve aún lejano. Aunque la ciudad está en “semáforo naranja”, continúa la incertidumbre. Ya estamos en agosto.

Logro regresar unos días a mi casa, lo cual me llena de alegría. Siento el calor del hogar. Entro a mi estudio y me siento a salvo. Quizás mis libros también se alegren de verme. Necesito reconectar con mi sensibilidad. Ser fuerte a veces nos desconecta del corazón. Aunque en unos días tengo que volver a la ciudad, me doy tiempo para escribir unas líneas. Lo necesito porque siento extrañeza en mi corazón. Sin letras, no soy la misma. Me extraño escribiendo.